Preguntas a mi padre // Questions to my father (by Werner Bischof, 2004)

En 1916, con la Gran Guerra reduciendo el norte de Europa a un vacío sin árboles, destrozada, nació el hijo del próspero director de una empresa farmacéutica en Zurich. Fue llamado Werner. No era un momento propicio para nacer, y, de hecho, su madre murió poco después. Como niño, el joven Werner buscó el orden en su vida diseccionando caracoles y fotografiando. Él no se convirtió en el instructor de educación física que su padre quería que fuera. No se convirtió en el pintor que un día quiso ser en París en 1939, al borde de otro conflicto devastador. Se convirtió en Werner Bischof, el hombre, y un fotógrafo de arte incalculable que se encontró tanto en el orden como el caos al que se enfrentó, y experimentó una belleza sublime, una humanidad que fue singularmente la suya. Sus fotografías de una Europa de la posguerra en la pobreza y la desesperación expresaban su esperanza infinita para la condicion humana, aunque sólo tenía 29 años. Menos de 10 años después estaba muerto, dejando tras de sí entre sus últimas fotografías la de un niño peruano tocando la flauta en el borde de un barranco. Ahora es una fotografía icónica con un encanto fatal. Bischof murió cuando su jeep cayó por un barranco en los Andes en la búsqueda de los rostros, la vida, de la armonía allí. Cincuenta años más tarde su hijo Marco ha reunido 70 fotografías inéditas de Werner Bischof. La potente reiteración del hombre que fue su padre, la naturaleza de su humanidad y su búsqueda de un conocimiento benigno y hermoso del mundo breve y terrible en que vivió.

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In 1916, with the Great War reducing northern Europe to a treeless, shattered void, a boy was born to the prosperous director of a pharmaceutical firm in Zurich. He was named Werner. It was not an auspicious time to be born and, indeed, his mother died soon after. As a child, young Werner sought order in his life by dissecting snails and photographing. He did not become the physical training instructor his father wanted him to be. He did not become the painter he had once wanted to be in Paris in 1939, on the brink of another devastating conflict. He became Werner Bischof, the man, and a photographer of incalculable artistry who found in both order and the chaos he confronted and experienced a sublime beauty, a humanity that was singularly his own. His photographs of a post-war Europe in poverty and despair expressed infinite hope for the human condtion, yet he was only 29. Less than 10 years later he was dead, leaving behind among his last photographs that of a Peruvian child playing his flute on the edge of a ravine. It is now an iconic photograph with a fatal allure. Bischof himself died when his jeep plunged over a ravine in the Andes on a quest for the faces, the lives, of harmony there. Fifty years later his son Marco has gathered together 70 previously unpublished photographs by Werner Bischof. They powerfully reiterate the man his father was, the nature of his humanity and his search for a benign and beautiful cognisance of the brief and terrifying world he lived in.

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